Un cajón descansa en su rincón, y con él se lleva tantas voces; se apaga el calor, se duerme el sol, quedan los ecos de viejos dioses. La memoria se sienta a conversar. Revive abrazos, tardes, canciones, y en su juego vuelve a dibujar rostros queridos, pero borrosos. El dolor camina lento y callado, un paso firme tras cada recuerdo, y la melancolía, siempre a su lado, susurra un nombre que aún no pierdo. Pero en el peso de todo este adiós, brilla un destello;pequeño y vivo. Un latido eterno, suave, intuitivo: las memorias siempre somos los dos.